El herpes zóster (o culebrilla, como se le conoce de forma popular) suele causar mucha preocupación por las posibles complicaciones o secuelas que puede tener.
Lo cierto es que, por lo general, se trata de una infección que se resuelve espontáneamente en unas semanas.
No obstante, el pronóstico puede ser más incierto en algunas personas o cuando se presenta en determinadas partes del cuerpo.
De ahí la importancia de conocer en qué consiste el herpes zoster y cuándo hay que preocuparse.
El herpes zóster es una infección vírica causada por el virus varicela-zóster.
Generalmente, el primer contacto con el virus se produce en la infancia y se manifiesta como una varicela.
De hecho, esta era una de las infecciones en la piel más frecuentes en niños antes de que se generalizara la vacunación.
Una vez pasada la varicela, el virus no desaparece, sino que migra desde la piel hacia los ganglios a través de las terminaciones nerviosas.
Esto significa que queda latente en el organismo y que puede reactivarse y reaparecer. De ser así, resurge en forma de herpes zóster.
Este virus suele presentarse principalmente en adultos, pero cada vez es más frecuente su aparición en niños.
En el herpes zóster, el síntoma principal suele ser la sensación de dolor punzante o penetrante (que puede ser intenso) en una pequeña área del cuerpo.
También puede haber ardor, hormigueo, sensibilidad al tacto y picor en la piel.
Estos síntomas iniciales pueden prolongarse durante días hasta que aparece un enrojecimiento cutáneo y salen unas vesículas llenas de líquido.
Estas ampollas se abren y se secan al cabo de siete a diez días, formando unas costras de color pardo-amarillento que pueden dejar cicatrices.
Algunas personas también pueden presentar fiebre, dolor de cabeza, sensibilidad a la luz y fatiga.
En ocasiones, tras el episodio de herpes zóster puede persistir el dolor neuropático. Es decir, un dolor residual en la zona afectada que puede mantenerse durante días, meses e incluso años.
Es lo que se conoce como neuralgia postherpética y suele ser la complicación más común del virus.
En el herpes zóster, las zonas que suelen estar afectadas son el tronco, el muslo o alrededor de un ojo.
No obstante, puede aparecer en cualquier parte del cuerpo. Por ejemplo, en uno de los lados del cuello o la cara.
Su presentación más común es una erupción que sigue la trayectoria de un nervio desde la columna (espalda) hasta la línea por encima del ombligo (abdomen). Es lo que se conoce como herpes zoster intercostal.
Esto crea una erupción en forma de franja, banda o "caminito" sobre la piel que tiene una forma serpenteante. De ahí que reciba popularmente el nombre de culebrilla.
En el herpes zóster, el dolor nocturno es habitual y puede ser más intenso que durante el día, causando trastornos del sueño.
La causa del herpes zóster es la reactivación del virus de la varicela. Sin embargo, no todas las personas que han tenido varicela desarrollarán herpes zóster.
En concreto, se estima que solo alrededor del 20% de los portadores del virus lo padecerán, un porcentaje que crece en personas inmunodeprimidas.
De ahí que se crea que la reactivación se deba a una menor inmunidad a las infecciones debido a la edad, ciertas enfermedades y el uso de determinados medicamentos.
Sin embargo, también es frecuente observar herpes zóster en personas inmunocompetentes en situaciones de debilidad o cansancio.
El herpes zóster suele resolverse por sí mismo en una o dos semanas, a pesar de que la neuralgia posherpética pueda mantenerse por más tiempo.
Por tanto, en general y en personas sanas, el herpes zóster no es peligroso.
Aun así, las personas inmunodeprimidas sí corren el riesgo de que el virus pueda afectar a otros órganos y que el pronóstico sea menos favorable.
Se incluyen dentro de este grupo las personas en tratamiento oncológico (quimioterapia y radioterapia) y con ciertos tipos de cánceres.
También, quienes toman medicamentos inmunosupresores (como es el caso de los pacientes trasplantados) o tienen enfermedades del sistema inmunitario como el VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humana).
Paralelamente, el herpes zóster genera más preocupación cuando se presenta en los ojos (herpes zóster ocular).
Esta infección ocular presenta una mayor gravedad al existir el riesgo de formación de úlceras corneales que pueden conducir a la ceguera.
El primer síntoma de herpes zóster oftálmico es el dolor o hormigueo en la frente y, posteriormente pueden aparecer ampollas rojas muy dolorosas en esa zona. También, en la punta de la nariz.
A nivel ocular, suele observarse el ojo rojo y este va acompañado de dolor, sensibilidad a la luz y párpados hinchados.
Asimismo, si el herpes zóster afecta los nervios de la cara, puede aparecer parálisis facial, pérdida del gusto y problemas auditivos (vértigo, dolor de oído y/o pérdida de audición). Es lo que se conoce como Síndrome de Ramsay-Hunt.
En el caso de las personas mayores de 50 años, el riesgo de complicaciones por el virus también aumenta.
Otro grupo vulnerable son las mujeres embarazadas que no hayan tenido la varicela ni se hayan vacunado contra la enfermedad y los recién nacidos
Por todo ello, es importante que todas estas personas busquen atención médica tan pronto como sea posible si sospechan que pueden sufrir de herpes zóster.
Hay que preocuparse del herpes zóster si aparece en el ojo o en la cara. También, si la persona está inmunodeprimida.
El herpes zóster es muy contagioso cuando aparecen las vesículas y estas se abren. Esto se debe a que el virus se encuentra en el líquido presente dentro de estas ampollas.
Aun así, la persona infectada contraería la varicela (si no la ha pasado) y no el herpes zóster.
La transmisión ocurre por contacto directo con el líquido de las ampollas. Así pues, el riesgo de propagación es bajo si estas se mantienen cubiertas.
El virus del herpes zóster no es contagioso cuando aún no han aparecido las vesículas o cuando ya se han formado las costras.
Asimismo, no hay riesgo de contagio si las personas del entorno más próximo ya han pasado la varicela.
No siempre es necesario tratar el herpes zóster. Sin embargo, los antivirales pueden ayudar a acelerar la recuperación y reducir el riesgo de complicaciones como la neuralgia posherpética.
Principalmente, se utilizan por vía oral o intravenosa antivirales como la brivudina, el aciclovir, el valaciclovir y el famciclovir.
Es importante tener en cuenta que este tratamiento para el herpes zóster es eficaz si se comienza en las primeras 72 horas desde el inicio de las vesículas.
Por ello, es importante buscar atención médica lo antes posible, sobre todo si existen factores de riesgo para desarrollar complicaciones.
Al mismo tiempo, es fundamental evitar la sobreinfección de las lesiones cutáneas por bacterias mediante el uso de antisépticos tópicos.
Se recomienda que estos productos, además de su efecto antiséptico, tengan también un poder antiexudativo y astringente.
De este modo, se consigue una acción secante de las ampollas y se favorece la cicatrización y la curación de la piel.
Estos productos suelen incluir ingredientes como los sulfatos de zinc, cobre y alumínico-potásico.
En caso de que el dolor por herpes zóster sea muy intenso, el médico puede prescribir capsaicina tópica, anticonvulsivos, antidepresivos tricíclicos o anestésicos.
Paralelamente, se puede aplicar frío para calmar el dolor colocando compresas húmedas sobre las ampollas.
A modo de prevención, es recomendable la vacuna para el herpes zóster en personas de más de 50 años y en jóvenes a partir de 19 años con el sistema inmunitario debilitado.
También, para quienes no saben si han tenido la varicela.
La vacunación contra el herpes zóster no garantiza que no se desarrolle, pero es probable que reduzca su evolución e intensidad, así como el riesgo de neuralgia posherpética.
En conclusión, el herpes zóster es una infección viral frecuente que, en la mayoría de los casos, se resuelve de manera espontánea.
Sin embargo, ciertas situaciones requieren atención médica inmediata. Entre ellas, la aparición de lesiones cerca de los ojos, el rostro o en personas inmunodeprimidas, mayores de 50 años, embarazadas o recién nacidos.
La buena noticia es que el tratamiento temprano con antivirales y los cuidados adecuados de la piel ayudan a acelerar la recuperación y reducir el riesgo de complicaciones.
Además, la vacuna para el herpes zóster es una medida preventiva interesante en ciertos grupos de población.
Autor: Laboratorios Viñas, departamento científico.
Huerta, M. Herpes zóster [en línea]. Clínica Universidad de Navarra. https://www.cun.es/enfermedades-tratamientos/enfermedades/herpes-zoster
Redacción. Zóster [en línea]. Mayo Clinic, 2022. https://www.mayoclinic.org/es/diseases-conditions/shingles/symptoms-causes/syc-20353054
Sillero, E.M. Herpes zóster [en línea]. Fundación Piel Sana. Academia Española de de Dermatología y Venereología. https://aedv.fundacionpielsana.es/wikiderma/herpes-zoster/
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